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El Alzheimer: Comprendiendo el Laberinto de la Memoria



El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que cada vez tiene más popularidad que va afectando lentamente la memoria y las habilidades del pensamiento.


Es la causa más común de demencia, representando entre el 60% y el 80% de los casos a nivel mundial en adultos mayores.


Recuerda que también existe demencia tipo vascular pero en este artículo vamos a hablar sobre la demencia tipo alzheimer.


A nivel biológico, se caracteriza por la acumulación de dos proteínas mal plegadas : la beta-amiloide y la tau.


Estas proteínas forman placas y ovillos que interrumpen la comunicación entre las neuronas, provocando eventualmente la muerte celular y el encogimiento del tejido cerebral.


La enfermedad suele manifestarse con mayor frecuencia después de los 65 años, duplicándose su prevalencia cada cinco años a partir de esa edad.


Sin embargo, existe el Alzheimer de inicio temprano, que puede afectar a personas en sus 40 o 50 años, aunque es mucho menos común.


¿Cómo se manifiesta la enfermedad de Alzheimer?


Generalmente, las fallas en la memoria representan una de las señales de alerta iniciales.


No obstante, las manifestaciones pueden ser distintas en cada individuo, presentándose comúnmente de las siguientes formas:


⚠️ Alteraciones cognitivas: se observa una dificultad inusual para comunicarse o hallar las palabras adecuadas, fallas en la percepción del entorno visual y espacial, y una pérdida en la capacidad de análisis o de toma de decisiones lógicas.


⚠️Dificultades en la vida cotidiana: la persona suele tardar más tiempo del acostumbrado en realizar labores rutinarias, tiende a repetir las mismas dudas con frecuencia y presenta complicaciones al administrar sus finanzas o cuentas personales.


⚠️ Desorientación y extravíos: es común que los pacientes deambulen sin rumbo, lleguen a perderse o dejen objetos personales en sitios totalmente inapropiados.


⚠️ Cambios psicológicos y de conducta: se producen variaciones notables en el carácter y el humor, lo que puede derivar en cuadros de mayor angustia, irritabilidad o comportamientos agresivos.


Factores de Riesgo No Modificables


Existen factores que no podemos cambiar, siendo la edad el principal de ellos, ya que el riesgo aumenta naturalmente con el tiempo.


Aunque el Alzheimer NO es una parte normal del envejecimiento, el paso de los años es el mayor predictor.


La genética también juega un papel fundamental, especialmente el gen APOE-ε4, que aumenta la probabilidad de desarrollar la enfermedad.


No obstante, tener el gen no garantiza que la persona sufrirá Alzheimer; solo indica una mayor susceptibilidad biológica.


Otro factor no modificable es la historia familiar. Si tienes un pariente de primer grado (padre o hermano) con la enfermedad, tu riesgo es ligeramente superior al promedio, debido a la herencia de ciertos rasgos biológicos compartidos.


Factores de Riesgo Modificables: El Poder de la Prevención


Cerca del 40% de los casos de demencia podrían retrasarse o evitarse controlando factores de estilo de vida.


El sedentarismo es uno de los más críticos, ya que la falta de ejercicio reduce el flujo sanguíneo cerebral y la plasticidad neuronal.


La diabetes tipo 2 y el consumo excesivo de azúcar están estrechamente ligados al Alzheimer. El cerebro depende de la glucosa, pero niveles altos crónicos dañan los vasos sanguíneos cerebrales y generan una "resistencia a la insulina" en las neuronas.


La hipertensión arterial y el colesterol alto durante la mediana edad son factores determinantes. Ambos dañan la integridad de las arterias que irrigan el cerebro, facilitando la aparición de microinfartos que aceleran el deterioro cognitivo y la pérdida de memoria.


La obesidad y una mala alimentación también influyen negativamente, promoviendo estados de inflamación sistémica. Esta inflamación crónica llega al sistema nervioso central, debilitando las defensas naturales del cerebro contra las proteínas tóxicas del Alzheimer.


Otros factores incluyen el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y la pérdida auditiva no tratada.


Se ha descubierto que el aislamiento social y la falta de estimulación cognitiva reducen la "reserva cognitiva", haciendo al cerebro más vulnerable.


El Proceso del Diagnóstico


El diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer no se basa en un solo estudio o análisis, sino en la integración de varios elementos clínicos.


A diferencia de lo que muchas personas creen, no existe una prueba única de rutina que por sí sola confirme la enfermedad. El proceso diagnóstico es progresivo y se apoya principalmente en la evaluación médica especializada.


El primer y más importante paso es la evaluación clínica y cognitiva. El médico realiza una historia clínica detallada, entrevista al paciente y a sus familiares, y aplica pruebas estandarizadas que evalúan la memoria, el lenguaje, la atención y otras funciones mentales.


Estas pruebas permiten identificar si existe un deterioro cognitivo y qué áreas del cerebro están más afectadas.


Dentro de esta evaluación se utilizan herramientas como el Mini-Mental State Examination (MMSE) o el Montreal Cognitive Assessment (MoCA). Estas pruebas no diagnostican Alzheimer por sí solas, pero sí ayudan a cuantificar el grado de alteración cognitiva y a dar seguimiento a su evolución en el tiempo.


El siguiente estudio que se realiza de forma rutinaria es la resonancia magnética cerebral.


Este estudio de imagen permite observar cambios estructurales del cerebro, como la atrofia del hipocampo, una región clave para la memoria que suele afectarse tempranamente en el Alzheimer.


Además, la resonancia sirve para descartar otras causas de pérdida de memoria, como tumores, infartos cerebrales o hidrocefalia.


De manera paralela, siempre se solicitan análisis de laboratorio básicos. Estos estudios buscan descartar causas potencialmente reversibles de deterioro cognitivo, como alteraciones tiroideas, deficiencia de vitamina B12, trastornos metabólicos o problemas hepáticos y renales. Corregir estas condiciones puede mejorar o incluso revertir los síntomas en algunos casos.


Es importante aclarar que estudios más avanzados, como la tomografía por emisión de positrones (PET) para detectar amiloide o tau, no forman parte del diagnóstico de rutina.


Estos estudios son costosos, no están disponibles en todos los centros y se reservan para situaciones especiales en las que el diagnóstico no es claro.


De forma similar, el análisis de biomarcadores en el líquido cefalorraquídeo mediante punción lumbar o las pruebas de sangre especializadas no se solicitan de manera habitual.


Su uso se limita principalmente a centros de investigación, ensayos clínicos o casos de inicio temprano de la enfermedad.



¿Se puede prevenir o retrasar?


Aunque actualmente no existe una cura definitiva, la ciencia confirma que se puede retrasar la aparición de los síntomas. Mantener una dieta saludable, protege las neuronas gracias a sus antioxidantes y grasas saludables.


La actividad física regular es quizás el "fármaco" más potente disponible. El ejercicio aeróbico aumenta los niveles de una proteína llamada BDNF, que actúa como un fertilizante para las neuronas, mejorando la conexión entre ellas y la memoria.

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El sueño de calidad es vital, ya que durante la noche el cerebro activa el "sistema linfático". Este sistema se encarga de limpiar y drenar los desechos tóxicos, incluyendo la proteína beta-amiloide acumulada durante el día.


Finalmente, el aprendizaje continuo y los desafíos mentales fortalecen la reserva cognitiva. Cuanto más "ejercitado" esté el cerebro, más capacidad tendrá para compensar el daño provocado por la enfermedad y seguir funcionando correctamente por más tiempo.

 
 
 

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